Narcotest Fellner II: el examen que reprobó un gobernador cómplice

Que el apellido Fellner vuelva a pronunciar la palabra “transparencia” no deja de generar ruido en la memoria política jujeña. Más aún cuando el eje elegido es el narcotest, una herramienta presentada hoy como bandera ética por Martín Fellner, hijo del exgobernador Eduardo Fellner, en cuya gestión la provincia atravesó uno de los períodos más oscuros de degradación institucional de su historia reciente.

Milagro Sala y Eduardo Fellner, en plena campaña electoral 2015.

La pregunta que muchos se hacen no es técnica ni sanitaria, sino política:

¿por qué ahora?

¿Y por qué desde un espacio que gobernó Jujuy durante años mientras se consolidaba un sistema de impunidad que el propio Estado provincial fue incapaz -o no quiso- desarticular?

El estado ausente y el poder paralelo

Durante los años en que Eduardo Fellner ocupó la gobernación, Jujuy convivió con un fenómeno inédito en democracia: la construcción de un poder paraestatal encabezado por Milagro Sala, que operaba con recursos públicos, control territorial, coerción social y una lógica de prepotencia que anulaba al Estado formal.

No se trató de una “sensación”; fue una realidad que terminó judicializada, investigada y condenada en múltiples causas, muchas de ellas vinculadas al desvío de fondos públicos, extorsión, amenazas y violencia organizada.

Mientras tanto, el gobierno provincial miraba para otro lado.

La pregunta incómoda sigue vigente:

¿cómo pudo sostenerse durante años un sistema de disciplinamiento social, violencia política y control territorial sin la anuencia –o adhesión explícita- del poder político de turno?

Violencia, impunidad y miedo

Aquella Jujuy no fue una provincia pacificada. Fue una provincia atravesada por tiroteos, disputas territoriales del narco, asesinatos esclarecidos y otros nunca juzgados, zonas liberadas, amenazas a dirigentes, periodistas y ciudadanos comunes.

Una cultura del prepo, de la intimidación, del “acá mandamos nosotros”, que convirtió al miedo en herramienta de gobierno informal.

Nada de eso ocurrió en el vacío. Ocurrió bajo una gobernación débil, sin decisión política para recuperar el monopolio legítimo de la fuerza, sin carácter para poner límites, sin voluntad de enfrentar un entramado que crecía a la sombra del poder.

El apellido y la memoria

Por eso, cuando hoy el hijo del exgobernador propone exámenes toxicológicos como símbolo de ética pública, el contraste es inevitable. No por el instrumento en sí, sino por la historia que arrastra el apellido.

Porque la transparencia no empieza con un test médico. Empieza con instituciones fuertes, control real del territorio, fin de la impunidad y decisión política para enfrentar a los poderes ilegales, no para convivir con ellos.

El proyecto presentado por Martín Fellner intenta instalar una sospecha sobre el presente, pero elude deliberadamente el pasado del crimen organizado en Jujuy. Ese pasado en el que su papá era gobernador.

No es que el narcotest sea un tema menor. Lo que resulta insostenible es presentarse como adalid de la transparencia sin hacerse cargo del legado político propio.

Una discusión que exige honestidad

Si el debate es en serio, entonces debería incluir una reflexión más profunda:

cómo se permitió que Jujuy fuera rehén de un siniestro poder paralelo,

cómo se perdió autoridad estatal,

cómo se toleró la violencia como método,

y cómo recién años después -con otro signo político- el Estado recuperó control, legalidad, orden.

Tal vez ese sea el verdadero test pendiente.

No el toxicológico, sino el test de memoria y coraje político.

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