Cuando Salta se compara con Jujuy: del viejo espejo a una nueva realidad turística

Durante décadas, la comparación fue siempre la misma y en un solo sentido: Jujuy mirándose en el espejo de Salta. Provincia más grande, con más población, mayor peso económico y una marca turística instalada a nivel nacional, Salta –la linda- ocupó durante años el lugar del “modelo” mientras Jujuy quedaba relegada al rol del patio trasero pintoresco. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, el espejo se invirtió. Y eso explica parte del enojo, la sorpresa y hasta la indignación que se percibe en amplios sectores del turismo salteño.

Visite Salta con el Cerro de Siete Colores de Jujuy. Una de las tantas publicidades engañosas denunciadas por Jujuy en los últimos años.

La caída de la actividad turística en Salta durante el verano 2026 -con niveles de ocupación históricamente bajos- disparó una reacción casi automática: mirar a Jujuy. Pero no desde la cooperación ni el análisis profundo, sino desde una comparación cargada de prejuicio. El razonamiento implícito parece ser este: “Si hasta Jujuy está mejor que nosotros, qué mal estamos”. Ese “hasta” lo dice todo.

Ahí aparece una vieja matriz cultural que nunca terminó de resolverse: Jujuy como el peor del barrio, o sea el punto más bajo de referencia. Una mirada injusta, discriminatoria y profundamente equivocada, que hoy choca de frente con una realidad que no se puede ocultar con titulares indignados ni editoriales furiosas.

El fin de una estrategia histórica

Durante años, gran parte del negocio turístico salteño se apoyó en una lógica conocida: promocionar paisajes jujeños y hacer pernoctar en Salta. Las imágenes del Cerro de los Siete Colores, la Quebrada de Humahuaca en general, las Salinas Grandes o el Hornocal más recientemente, circularon durante décadas bajo el paraguas del “Visite Salta”. No era casualidad ni error: era estrategia.

El visitante llegaba a Salta capital, dormía allí, contrataba agencias salteñas y recorría Jujuy de día. El valor agregado, el empleo y la recaudación quedaban mayormente del otro lado del límite provincial. Jujuy aportaba el paisaje; Salta, el negocio.

Ese esquema empezó a romperse cuando Jujuy decidió dejar de ser paisaje ajeno y construir marca propia. Más plazas hoteleras, más infraestructura, una agenda cultural sostenida, eventos gratuitos, circuitos accesibles, presencia permanente en ferias y medios, y una política de promoción agresiva y constante. Nada de eso ocurrió por casualidad. Jujuy, como lo indica su marca, es “energía viva”.

Jujuy no “invadió” a nadie

No hubo invasión turística ni maniobra desleal. Hubo planificación e inversión. Jujuy entendió algo clave: el turismo no se construye solo con bellezas naturales, sino con experiencias diversas, costos razonables y propuestas para distintos bolsillos. Desde grandes eventos hasta microofertas como el carnaval en comparsas barriales, paseos municipales, circuitos de bajo costo, cultura viva y un territorio activo.

El resultado no es que a Salta le vaya mal porque a Jujuy le va bien. El problema es creer que el turismo es un recurso eterno que se mantiene solo, sin actualizar estrategias ni revisar modelos agotados. La comparación duele porque desnuda eso.

Orgullo sin soberbia

Para Jujuy, que Salta hoy la mire no debería ser motivo de burla ni revancha. Mucho menos de celebración ajena. Si el turismo regional cae, caemos todos. El desafío es otro: consolidar lo logrado, sostener la identidad propia, pero también evitar volver a ser el decorado de otros.

Jujuy ya no es “el peor del barrio”. Tampoco pretende ser el único. Simplemente decidió ser Jujuy, con nombre propio, agenda propia y una política turística con carácter e identidad. Eso, para algunos, sigue siendo difícil de digerir.

Magia pura. Es el actual eslogan, una variante de la marca oficial «Jujuy, energía viva»

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