Sáenz y el “federalismo karaoke”

Gustavo Sáenz encontró ayer una forma singular de reclamar por obras nacionales pendientes: transformó la apertura de sesiones en un pequeño stand up con poncho, gauchos y Movistar Arena. “Señor presidente: es injusto que un gobernador vaya frente a la Casa Rosada, con un poncho, a pelear por las obras que nos corresponden y nos prometieron y me muera de frío con los gauchos y usted cante en el Movistar Arena… lo justo es que cantemos los dos en el Movistar Arena y mostremos federalismo real”, lanzó, en un tramo que rápidamente se volvió lo más comentado del discurso.

La escena, por cómo fue contada, deja una sensación extraña: el reclamo federal –legítimo por cierto- apareció envuelto en una metáfora que se comió el mensaje. En vez de enumerar con precisión qué obras están frenadas, qué plazos incumplió la Nación y qué partidas no llegaron, el gobernador eligió un guion de postal: él “con poncho” y “muriéndose de frío” frente a la Rosada, mientras el Presidente “canta” en Buenos Aires. Y cuando parecía que la comparación apuntaba a desnudar el centralismo, el remate termina corriéndose a un pedido raro: no tanto “cumplan con lo que corresponde”, sino “cantemos los dos”, como si el problema fuera la falta de coprotagonismo.

Ahí está el núcleo del papelón. La frase quiso sonar filosa, irónica, “bien del interior”, pero quedó con gusto a sketch improvisado. En política, el humor puede ser un bisturí; acá pareció más un micrófono abierto. Porque la imagen que se proyectó no es la de un gobernador plantado defendiendo recursos, sino la de un dirigente que, para discutir federalismo, primero necesita discutir cartelera.

Sáenz, además, buscó blindar el momento con una aclaración que suena a excusa preventiva: “Se lo dije al presidente y lo vamos a hacer… porque yo no tengo problema en aparecer al lado de nadie, en acompañar a nadie, porque tengo la conciencia tranquila…”. Traducido: no hay conflicto, hay foto. Y si el “federalismo real” depende de compartir escenario, entonces ya no estamos hablando de coparticipación, rutas o financiamiento, sino de marketing institucional con guitarra prestada.

El episodio deja una pregunta incómoda, pero sincera: ¿qué se reclama exactamente? ¿Obras y fondos, o un lugar en la escena nacional? Porque cuando el reclamo se formula como gag, el Gobierno nacional puede contestar con otra sonrisa y listo; el problema se licúa en una anécdota, el debate se vuelve meme y la política pública queda para otro día.

Mientras tanto, la necesidad concreta sigue igual, esto es, rutas nacionales a medio hacer, obras paralizadas, recursos que tardan o no llegan, y provincias que hacen malabares para sostener servicios. Si el objetivo era “mostrar federalismo real”, quizá habría sido más eficaz apagar el show y encender el detalle de los temas reales: qué obra, qué monto, qué expediente, qué fecha prometida, qué fecha incumplida. Lo demás es utilería.

Por ahora, el saldo es este: Salta necesitaba un reclamo firme por su agenda. Y terminó con un número de “federalismo karaoke” que, lejos de incomodar al poder central, lo entretiene. Y cuando el poder se entretiene, casi siempre es porque no sintió el golpe.

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