El escándalo Adorni y el silencio ensordecedor de los libertarios jujeños

Mientras en el país se multiplican críticas y pedidos de explicaciones por el viaje de la esposa de Manuel Adorni en la gira oficial a Nueva York -una polémica que incluye cuestionamientos por el uso del avión presidencial, posibles conflictos con normas de la administración pública y denuncias por privilegios incompatibles con el discurso anticasta-, en Jujuy el silencio de los principales referentes de La Libertad Avanza resulta tan atronador como revelador.

La controversia estalló cuando se conoció que la esposa del jefe de Gabinete, Bettina Angeletti, viajó en la comitiva oficial a Estados Unidos, lo que generó cuestionamientos políticos, pedidos de informes y denuncias vinculadas al posible uso de recursos del Estado. El episodio también reavivó el debate sobre la coherencia entre el discurso de austeridad y combate a los privilegios que el propio oficialismo nacional ha sostenido desde el inicio de la gestión.

Sin embargo, mientras el tema ocupa la agenda política nacional, los principales dirigentes libertarios de Jujuy parecen haber tomado un súbito voto de silencio. No religioso, sino político.

Ni el diputado nacional Manuel Quintar, habitual protagonista de discursos encendidos contra el gobierno provincial y fervoroso imitador del estilo agresivo de Javier Milei, ni el senador Ezequiel Atauche, ni la senadora Vilma Bedia -quien ya protagonizó su propio escándalo al designar familiares en su despacho del Senado antes de verse obligada a revertir esas contrataciones- han considerado necesario pronunciar una sola palabra sobre el caso.

El silencio también alcanza a dirigentes que suelen presentarse como los “guardianes de la transparencia” y los grandes denunciadores del supuesto “despilfarro estatal”. Federico Canedi, Cristina Guzmán, su hija la diputada nacional Bárbara Andreussi y el también diputado nacional Alfredo González tampoco han considerado oportuno emitir una opinión.

Un silencio demasiado prolijo para ser casual.

Porque cuando se trata de cuestionar decisiones del gobierno provincial, denunciar “la casta” o predicar las virtudes de la austeridad republicana, los dirigentes libertarios jujeños suelen mostrarse extraordinariamente activos en redes sociales, conferencias de prensa y declaraciones públicas. Pero cuando el escándalo involucra a uno de los principales funcionarios del gobierno que dicen representar, la indignación parece evaporarse con sorprendente rapidez.

La escena es casi pedagógica.

Los mismos dirigentes que en Jujuy se presentan como paladines de la moral pública, que denuncian privilegios, nepotismo y abuso del Estado, hoy prefieren mirar hacia otro lado frente a un escandaloso episodio que ha puesto en tensión precisamente esos declamados principios.

No hay conferencias.
No hay tweets incendiarios.
No hay denuncias televisivas.
No hay pedidos de explicaciones.

Solo silencio.

Un silencio tan rotundo que termina diciendo más que cualquier declaración.

Porque el problema para los libertarios jujeños no parece ser el episodio en sí mismo. En política, los escándalos se gestionan, se explican o se enfrentan. Lo verdaderamente incómodo es cuando el discurso moralizador se vuelve en contra de quienes lo predican.

Y, en ese punto, el caso Adorni los dejó a todos en una situación incómoda: pedaleando en el aire.

Durante meses, los dirigentes libertarios jujeños construyeron su identidad política sobre una premisa simple: ellos venían a terminar con la casta, con los privilegios y con los abusos del poder.

Pero cuando el escándalo toca a su propio espacio político, la indignación selectiva se transforma en prudencia estratégica.

La conclusión empieza a volverse inevitable: detrás del discurso estridente contra la “casta”, lo que aparece es una práctica política bastante conocida en la Argentina. Criticar los privilegios cuando los tienen otros y callar cuando los ejerce el propio espacio.

Por eso el silencio libertario en Jujuy frente al caso Adorni no es solo un gesto de prudencia. Es una confesión política. Al final del día, la verdadera incomodidad no parece ser que el episodio haya ocurrido. El verdadero problema es que se haya hecho público.

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