domingo de 13 septiembre, 2026

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Carolina Moisés y la política de la supervivencia

La vicepresidencia del Senado que hoy ocupa Carolina Moisés no nació de una construcción política dentro del peronismo. Nació de un concepto llamado “oportunismo” y otro denominado “traición”: una mayoría armada por fuera de su propio espacio, con votos de La Libertad Avanza, del PRO y de sectores aliados al gobierno nacional.

Ese dato no es menor. Es el punto de partida de una historia política que muchos peronistas jujeños observan con una mezcla de asco e indignación.

Durante años, Moisés construyó su carrera dentro del kirchnerismo. Defendió a Cristina Kirchner en momentos clave, integró el bloque peronista en el Congreso y formó parte de un espacio político cuya identidad se definía precisamente por su oposición a las fuerzas que hoy le dieron el cargo.

Ahora el discurso cambió. De pronto, el problema es el kirchnerismo. El problema es La Cámpora. El problema es la conducción partidaria. El problema es todo aquello que, hasta hace muy poco, era el lugar político desde el cual hablaba.

La transformación es tan abrupta que inevitablemente genera fuertes sospechas. No sobre la posibilidad de cambiar de posición -algo que en política siempre es legítimo- sino sobre el momento y el sentido de ese cambio.

Porque el giro no ocurrió en el vacío. Ocurrió exactamente cuando el oficialismo necesitaba romper el bloque peronista en el Senado y construir una nueva mayoría. Y ocurrió exactamente en el momento en que ese movimiento abría la puerta a un cargo institucional de enorme visibilidad.

En política, nada es casualidad.

Moisés insiste en que no es oficialista, que sigue siendo oposición y que su ruptura con el kirchnerismo responde a una necesidad de reconstruir el peronismo. Pero la escena concreta es difícil de explicar: una dirigente peronista que alcanza la vicepresidencia del Senado gracias al voto decisivo de los sectores que se presentan como… adversarios históricos del peronismo.

Esa contradicción es la que hoy enfurece a muchos dentro del propio movimiento. No se trata de una discusión doctrinaria. Se trata de una cuestión de coherencia política.

El problema no es que Moisés haya decidido diferenciarse del kirchnerismo. El problema es que ese gesto se produjo en el mismo movimiento que permitió debilitar al bloque peronista en el Senado y ampliar el margen legislativo del gobierno nacional.

En términos políticos, el resultado es claro: el peronismo perdió poder institucional y el oficialismo ganó una aliada en una posición clave de la Cámara alta.

Frente a ese escenario, el discurso de Moisés intenta sostener un equilibrio imposible: no es libertaria, no es kirchnerista, no es oficialista, pero llegó al cargo con los votos del oficialismo.

La política argentina está llena de cambios de camiseta, pero hay momentos en los que esos cambios dejan de parecer una evolución ideológica y empiezan a parecer un mecanismo de supervivencia.

Ese es el verdadero núcleo del episodio. No una redefinición doctrinaria del peronismo ni una nueva corriente federal, sino una jugada de reposicionamiento personal en un tablero donde las identidades políticas se vuelven cada vez más flexibles cuando lo que está en juego es el poder.

Y ahí es donde aparece la pregunta más incómoda de todas: si la vicepresidencia del Senado fue posible gracias a quienes hasta ayer eran adversarios, ¿qué queda realmente del discurso político que la llevó hasta allí?

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